lunes, 4 de febrero de 2008

Usuarios de colectivos sin códigos



Introducción

Hace más de siete años que hago el mismo trayecto, en colectivo, de mi casa hacia el lugar en el que trabajo, por la mañana, y viceversa, por la noche. En función de ello, creo que tengo experiencia suficiente para encarar este texto. Seguramente, habrá quienes tengan mucha más experiencia que yo, y realmente lo siento mucho por ellos.

La motivación de este escrito es hacer una recopilación de los accionares y actitudes de los actores que intervienen en el viaje en colectivo y que hacen del mismo algo causante de sufrimiento, indignación, impotencia. No faltará quien diga que la temática que me propongo abarcar es sencilla, común, trillada y absolutamente prescindible. A los que así se expresen, les digo que estoy de acuerdo.

Voy a organizar el texto en ítems porque se me ocurre que así su lectura será más fácil; el orden de los mismos estará librado al azar y no obedecerá al grado de odio que en mí despierte el acusado. Dando por terminado el preámbulo, arranco:

1: No sabe hacer una cola

Este es el usuario de colectivo que, si le toca ser el primero en la fila, en vez de pararse a esperar el colectivo al lado de la parada, lo hace a una distancia considerable, pongámosle veinte o treinta pasos, que resultan totalmente faltos de sentido y que hacen que los que van llegando detrás de él queden muy lejos de la parada.
Asimismo, cuando este sujeto que se describe no queda en primer lugar, sino en el medio, procede igual: se para a media cuadra de distancia del que tiene adelante, dejando a los que vienen atrás casi sin chances de subirse al colectivo cuando el mismo se detiene, a menos que sean buenos corredores y logren llegar.
Usualmente, se trata de gente pálida y que pareciera que recién llegaron al planeta Tierra.

2: No es previsor

Tipo de usuario de colectivo que considera el pago del boleto sólo cuando terminó de decirle su destino al conductor y se enfrenta ante la máquina; en ese momento, y sólo en ese momento, empieza a buscar monedas en sus bolsillos --que por lo general no tiene-- para luego entrar a revolver su bolso, mochila o lo que fuera en miras de conseguir lo necesario para pagar el viaje. Suele suceder que termine pidiendo cambio a algún pasajero que esté cerca luego de solicitárselo al conductor, que nunca tiene o al menos eso dice.
Por lo general, se trata de personas que suben al colectivo hablando por celular y con actitud de "Estoy a full todo el día. Soy muy importante".

3: Fundamentalista del peinado

Seguramente, ahora que estamos en verano muchos habrán sufrido a este tipo de usuario.Este viajero, que va sentado, se hizo un peinado que considera tan valioso que por nada del mundo abrirá la ventanilla para proteger su prolija cabellera de los embates del viento. Obviamente, y por eso el repudio, no le importa que se esté en verano y haga más de treinta grados, y adentro del colectivo, mínimo, cincuenta.
Casi siempre, hablamos de señoras de cincuenta para arriba, muy coquetas y de cabellera frondosa. Muerte, muerte, muerte.

4: No es amigo de Colgate

Desde chiquitos, papá y mamá nos enseñan a lavarnos los dientes cuando nos despertamos, después de cada comida y antes de irnos a dormir. Muy bien: o algunos no les tocó esa suerte y luego no lo aprendieron por su cuenta o tal vez se lo olvidaron, porque lamentablemente es usual sentir un aliento a camión de basura que proviene del pasajero que tenemos atrás. Bueno sería que, por lo menos, trabajara una pastillita de menta.
Por lo general, se trata de ejecutivos de cuarenta años para arriba, de traje y corbata.

5: Gran apertura de piernas

Cuando un colectivo está repleto, el peor lugar para ubicarse es parado y en el medio de los que están de pie contra las ventanillas. Sobre todo, por supuesto, si estamos en verano. En esa posición, uno está lejos de la ventana y pegoteado contra alguien adelante y alguien atrás y otros más a los costados. Insufrible.
En esta situación, se ve con furia a ese típico viajero que va parado contra la ventanilla abriendo sus piernas como si fuese un gimnasta contorsionista de fama mundial, ocupando el espacio suficiente para dos personas. Un ser egoísta, sin dudas.
Usualmente, este sujeto lleva ropa de tipo deportiva y mastica chicle.

6: Bellos durmientes

Todos los que laburamos, por lo general, tenemos sueño y estamos cansados. Pero eso no justifica el accionar del viajero que se sienta adelante de todo y pispea a los que están por subir al colectivo por si entre ellos llega a haber una embarazada, una viejita, alguien con una criatura, un herido de guerra. Apenas visualice, este tipo de usuario de colectivo, a una persona de ese grupo, se hará el dormido para evitar levantarse de su asiento y cederlo, como bien correspondería.
Casi siempre, el sujeto que en este apartado se denuncia lleva auriculares.

7: Te vas a quedar sordo, boludo

Y ya que de auriculares hablamos, entramos a esta categoría de viajero en colectivo, que es aquel que escucha música a través de su radio, walkman, discman, celular, reproductor de mp3, iPod o lo que fuera a un volumen bestial, inconcebible.
Uno se pregunta si, realmente, le gustará escuchar música con esa potencia rompedora de tímpanos o si lo pondrá a ese volumen para que el mundo sepa qué está escuchando, ya que está profundamente orgulloso de su gusto musical.
Es altamente molesto por dos motivos: porque uno no quiere escuchar lo que otro escucha y porque a uno, que sí le importa el prójimo, le entristece que alguien se esté arruinando su salud auditiva.
Por lo general, el sujeto en cuestión es joven y escucha cumbia o marcha.

8: Lector a ultranza

A todos nos gusta, por la mañana, leer las noticias del diario y levantarnos bien informados. Ahora bien: seamos ubicados. En un colectivo repleto, no hay chances de abrir La Nación en su máximo esplendor y analizar la actualidad internacional con completa comodidad.
Efectivamente, el tipo de viajero que acá se denuncia tiene la costumbre de ir en el colectivo leyendo el diario, estampando sobre la cara del resto de los pasajeros las páginas del mismo. Hablamos del lector que viaja de pie. Claro está que si va sentado, su presencia es positiva ya que el resto va ojeando los titulares.
Habitualmente, se trata de hombres mayores de treinta y cinco, de variada esfera laboral, que se puede dirimir en función del periódico que lea.

9: Colectivero mala persona

Y no podría haber una recopilación de las malas costumbres de los actores del viaje en colectivo sin mencionar al mismísimo colectivero. Puntualmente, voy a mencionar sólo dos de sus cosas que despiertan odio.
En primer lugar, que cuando ya pasó la parada y lo agarra el semáforo en esa misma esquina, a escasos metros de su lugar de detención oficial, no le abra la puerta a un buen cristiano que se lo pide por favor. Está claro que lo único que tiene que hacer es darle para arriba a una palanca que tiene al costado de sus brazos, nada más. Sin embargo, pareciera que eso es muy costoso ya que es moneda frecuente que no lo hagan e incluso ni siquiera miren al que les pide la apertura de la puerta.
En segundo lugar, odio a los colectiveros que, porque les sobra tiempo de su horario estimado de recorrido, van a un kilómetro por hora, demorándose un día para ir de Liniers a Caballito. Juegan con el tiempo de la gente a su antojo, en una actitud digna, como mínimo, del insulto y, como máximo, de la extirpación de las extremidades.

Conclusión

Mientras hacía esta recopilación, descubrí que hay una característica en común para todos los tipos descriptos, y la misma es la completa falta de códigos. Así es: cada uno de estos viajeros no tiene códigos; tienen poco sentido común, no piensan, tienen mala leche, son poco solidarios, sucios. En fin: muerte, muerte, muerte.

Sin embargo, no quiero finalizar este texto de odio con odio, sino que me parece mejor hacerlo con lo opuesto, y para ello tengo para relatar un pequeño suceso que vi hace pocos días.

Eran las once y media de la noche. Viajaba en el 2. De repente, una viejita de más de ochenta años se subió al colectivo, con claras dificultades para hacerlo, y de inmediato una chica que iba sentada adelante de todo se paró, la ayudó a subir, le dio su asiento, le pidió las monedas para sacarle el boleto, lo hizo y se lo dio. Y todo con una sonrisa. Faltaba no más que la arrope e hiciera aparecerle un café con masitas y una pantalla con la proyección de una película a elección.

El suceso, aunque simple, me conmovió y me dieron ganas de abrazar a esa muchacha y darle las gracias en nombre de todos los que apostamos a los buenos valores, o lo intentamos, como el arma para vivir mejor. O, al menos, para viajar mejor en colectivo.

jueves, 17 de enero de 2008

Galletitas Variedades

Se sabe que sobre gustos hay muchísimo escrito, y esto es porque hay gustos muy diversos. Esta diversidad de gustos en parte explica por qué las elecciones de las personas son tan disímiles. Cuando, ante una misma encrucijada del camino, una persona toma un rumbo y otra otro, algo de lo que a cada uno le gusta influye en la decisión. Pero las complejas circunstancias de cada uno son acaso más fuertes, y lo que a uno le gusta, su deseo en la forma más pura, se pierde en esa intrincada red de circunstancias.

En ciertas decisiones, lo circunstancial casi parece no imponer condiciones, entonces el gusto se manifiesta más claro. Cuando uno ve a otro elegir así, sin mayores restricciones, puede descubrir que el gusto ajeno es muy distinto del propio. Quizá una de las primeras veces en que haya notado con sorpresa esa diferencia haya sido comiendo galletitas; en particular, las galletitas Variedades. El que no las conozca debe saber que son, como ya se estará imaginando, variadas: hay como seis o siete clases de galletitas por paquete. Hay que decir que el promedio de las distintas clases de esas galletitas da una galletita fea, pero uno puede llegar a comprender que alguien las compre si va a compartirlas, porque, consciente de la diversidad de gustos, ofrece diversidad de galletitas, no imponiendo con egoísmo su propio gusto a los demás.

Supongamos que alguien comparte unas Variedades con otras personas; se presenta el momento en que cada quien elige una, siguiendo su deseo, con toda la libertad que puede dar un paquete recién abierto. Y es ahí cuando pasa lo increíble: alguien agarra una en forma de rueda con una cara rosa. Sí; hay alguien que la miró, que la deseó, que soñó con ella, que esperó el momento de tenerla consigo, que la tomó con su mano, que la acercó a su boca para ser el más feliz de los hombres. Sí; hay alguien que se comió esa cosa rosada. Uno elabora rápidamente una teoría para explicar el hecho, pero resulta insatisfactoria; no hay condición económica ni precepto religioso ni moda que lo muevan a uno a elegir esa rueda por sobre el resto. Es innegable: le gusta esa galletita.

Que en el mundo hayan gustos tan diversos parece algo bueno. Cuando aquello que a uno le gusta es escaso, la diversidad implica menor competencia. Volviendo al grupo con el paquete de Variedades, que a uno le gusten esas ruedas rosas significa más de las otras galletitas disponibles para el resto. También es bueno cuando en algún momento de la vida uno descubre que, en contra de lo supuesto, a no todas las mujeres les gustan más, o únicamente, los rubios, siendo uno morocho. (Aunque ya más difícil es que les gusten morochos y estúpidos, combinación de preferencias que más me favorecería.) Quién no habrá agradecido que exista tal diversidad que sea posible que a alguien le guste lo que parecía no gustarle a nadie. Aunque tampoco debe confundirse un gusto poco común con la resignación.

A veces resulta difícil comprender las diferencias, y alguien puede llegar a odiar a otro sólo porque difieren en sus gustos. También puede pasar que alguien se ofenda porque a otro no le gusta algo que supuestamente debería gustarle. Si pensamos en la diversidad de gustos, y hasta la celebramos cuando nos favorece, es razonable aceptarla cuando nos perjudica. Esto tendría que ser comprendido por los que resuelven enamorar y enamorarse: es natural, e incluso muy probable, no gustar. Tal vez doloroso, sí, pero una regla esencial del juego.

Por otra parte, si todos apreciáramos las cosas de la misma manera, ya por definición no podría hablarse de gustos.

Alguien podrá decir que toda elección está condicionada por un cúmulo de infinitas circunstancias, y que el gusto, la elección, la decisión, no son sino el resultado de diversas fuerzas que, acomodadas según esas circunstancias, nos hacen preferir esto o aquello. Pero el que así habla seguramente es el que ya va por la cuarta rueda rosa y se está tratando de justificar ante la incredulidad de sus compañeros.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Los huevos son para hacer tortilla


Estudiar en una universidad y recibirse no me resulta cosa fácil, sobre todo si hablamos de hacerlo en la Universidad de Buenos Aires y de personas, como quien escribe este texto, que no cuentan con una capacidad intelectual de consideración. Y ni hablar de lo dificultoso de la empresa si el estudiante además trabaja, y no en un trabajo de seis horas por día sino en uno de los regulares, que tienen nueve como mínimo.

Aprovecho la ocasión, ya que se me permite, para declarar mi admiración hacia aquellos que son capaces de estudiar en la UBA y recibirse sin dejar de trabajar en un laburo de tiempo completo. No sé cómo aguantan, cómo lo logran. Será que son tocados por la varita, que tienen una pasión por el estudio que les permite soportar todo cansancio que les provoque el trabajo o, tal vez, que toman mucha Coca Cola con aspirinas.

Pero no es sólo la fatiga que ocasione el trabajo, en el caso que se trabaje, o una limitada aptitud intelectual, en el caso que se la tenga, como el mío, lo que hace que para mí esto de recibirse en la UBA me resulte comparable con ir de Argentina a África a nado y sin antiparras.

La UBA es complicada de por sí; desde aulas que no dan abasto para recibir a los alumnos, hasta la penuria de cada trámite que haya que hacer, pasando por profesores y ayudantes mal pagos con los consecuentes paros para protestar por ello, y sin olvidar, por supuesto, los apuntes mal hechos en las fotocopiadoras y el café de los bufets más feo que el de los micros de Chevallier.

No vayamos a creer, por favor, que esto es de ahora. Fijémonos, por caso, cómo arrancó todo según se relata en la página de la entidad universitaria argentina por excelencia: "El 12 de agosto de 1821 la Universidad de Buenos Aires abrió sus puertas. En realidad, intentó abrir sus puertas, puesto que por un problema de oxidación en las mismas no pudo hacerlo. De todos modos, la inauguración no se suspendió ya que los que asistieron a la misma entraron por las ventanas sin mayores inconvenientes. Una de las primeras medidas que tomó la Universidad de Buenos Aires fue dejar de comprarle cosas a los que les vendieron esas puertas en mal estado".

Antes de continuar y de ir directo al motivo de este escrito, quiero dejar en claro que en los párrafos anteriores hablaba en broma acerca del café de los buftes de la UBA y de los apuntes mal fotocopiados. También declaro que no voté a Macri, que no estudio en una universidad privada, que me parece bien que los docentes y sus ayudantes reclamen como consideren apropiado por lo que les corresponde, que no miro a Tinelli, que no miro Gran Hermano, que no uso lentes de sol y, por último, que no estoy a favor del arancelamiento de la UBA, a la que le hago el aguante y le mando un gran abrazo. Abrazo simbólico, por razones obvias.

Lo que motivó este texto es manifestar mi repudio al ritual que se lleva a cabo con alguien que se recibió, que obtuvo un título. Como es sabido, este ritual del que hablo consiste en lo siguiente: un grupo de personas, que se dicen amigos y familiares del estudiante, lo esperan en la puerta de la facultad cuando éste rinde lo último que le queda para recibirse y, una vez que sale triunfal, ahí nomás descargan sobre su humanidad todo el arsenal preparado; harina, huevos, pintura, yerba y muchas cosas más, dependiendo de las características del grupo en cuestión.

Se han conocido casos lamentables. Por ejemplo, es recordado lo que ocurrió con Hugo Luis Zertanone cuando se recibió de licenciado en Comunicación Social en la UBA. Este buen hombre tenía entre sus amigos a un par de fanáticos de la armería, que no tuvieron mejor idea que apostarse en la terraza de un edificio cercano a la universidad y, apenas lo vieron salir título en mano, le dispararon a quemarropa unos cincuenta certeros balazos de rifles automáticos que dejaron a Hugo Luis hecho un perfecto colador humano. Afortunadamente, eso sí, sólo asesinaron a Zertanone puesto que estos amigos tenían una puntería perfecta, cosa que permitió que ningún inocente saliera herido.

Lo que a mí me molesta de este ritual, de esta tradición, es que me resulta injusta. También me parece estúpida, pero lo que más me indigna es que la considero una injusticia, ya que estamos hablando de una persona que se rompió los ojos durante largos años, considerando lo anteriormente expuesto sobre lo difícil de recibirse, por algo tan digno como un título --en el caso, por supuesto, que el título lo haya ganado en buena ley y no comprándolo-- y si hay algo que no merece en el día que corona tanto tiempo de estudio y esfuerzo es que las personas que supuestamente lo quieren lo maltraten de semejante modo. Como diría Nietzsche: ¡no, no y no! ¡Tres veces no!

¿Qué clase de amigo, familiar o ser querido puede ser considerado como tal si nos responden ante la obtención de un título con media docena de huevos en los ojos, un kilo de harina en los calzoncillos, tres paquetes de yerba colados por la nariz y metiéndonos la cara en una lata de cinco litros de pintura rosa? ¡Seamos buenos, por el amor de Dios, María y Ricardo!

Y si alguien cree que hablo desde el rencor y el despecho porque he sido víctima de este ritual que odio, está muy equivocado, puesto que jamás me recibí de nada. Tal vez por eso no comprenda esta tradición, puede ser, y tenga una visión distinta, opuesta, a lo que correspondería hacer como amigo en una ocasión como esa. Se me ocurre que a un ser querido que se recibió, le daría un abrazo, mientras él tal vez esté llorando de la emoción, y por supuesto lo felicitaría por el logro y le haría saber que para mí es motivo de orgullo su triunfo y que lo admiro por haberlo conseguido. Y todo eso mientras en el cielo las nubes dibujan un retrato de Ned Flanders que me mira sonriendo, satisfecho.

Charlando de este asunto con mi amigo Guillermo Ruibal, él me comentó que no descartaría que muchos de los que participan en el ritual de los huevazos y los golpes que denuncio, aprovechen esa ocasión, precisamente, para lastimar al que se recibe porque hacía tiempo que querían pegarle y la oportunidad de esta tradición resulta perfecta, puesto que siempre es más fácil atacar al prójimo escudados en la multitud, aunque eso signifique cobardía.

A mí me parece que, principalmente, este ritual tiene lugar y vigencia porque está naturalizado dentro del ideario de nuestras costumbres. Y, por lo general, no es usual mirar lo que hacemos de modo natural con ojos críticos, sobre todo, creo, si tal mirada incluye pensar en completa oposición al modo en que lo hace la mayoría. Pero considero que justamente eso --plantarse ante lo que fuese y quien fuera y hacer lo que uno considera justo y correcto según su sentir y pensar-- es lo que hay que hacer como personas de valía que, supongo, todos queremos ser. Así que si por mí fuese, a todos los que llevan adelante esa tradición que repudio, los mandaría, justamente, a estudiar y aprender. Aunque, eso sí, no sé en qué carrera se enseñan este tipo de cosas.

Como los bueyes

Ser bueno, en mi sentir, es lo más llano
y concilia deber, altruismo y gusto
con el que pasa lejos, casi adusto
con el que viene a mí, tierno y humano

Hallo razón al triste y al insano
mal que reviente mi pensar robusto
y en vez de andar buscando lo más justo
hago yunta con otro y soy su hermano

Sin meterme a Moisés de nuevas leyes
doy al que pide pan, pan y puchero
y el honor de salvar al mundo entero
se lo dejo a los genios y a los reyes

Hago, vuelvo a decir, como los bueyes
mutualidad de yunta y compañero.


Pedro Bonifacio "Almafuerte" Palacios